
Cada septiembre hay una escena que se repite en pueblos y ciudades pequeñas de todo Aragón: familias despidiendo a sus hijos en la estación, jóvenes con maletas rumbo a Madrid, Barcelona o Zaragoza para estudiar y puede que para acabar trabajando y contribuyendo en grandes ciudades del país o en el extranjero. A eso le llamamos fuga de cerebros, o en inglés ‘brain drain’, y lo asumimos como una algo inevitable: los pueblos pierden sus jóvenes dejando atrás comunidades envejecidas. Pero, ¿y si el verdadero problema no fuera que los jóvenes se marchen sino lo que hacemos o dejamos de hacer una vez que se han ido?
En un extenso documento de trabajo recién publicado en diciembre de 2025, el economista Michael Clemens revisa dos décadas de investigación sobre migración internacional y llega a una conclusión sorprendente: "la investigación reciente en Economía del desarrollo ya no considera la migración cualificada como un daño para el país donante, sino como un desafío que debe gestionarse cuidadosamente para maximizar el beneficio neto" (Clemens, 2025) ¿Cómo llega este investigador a esa sorprendente conclusión? Pues mostrando y documentando tres fenómenos que contradicen lo que suponíamos hasta ahora.
Primero, el denominado efecto llamada de la educación. Cuando los jóvenes ven que emigrar está al alcance, más gente decide estudiar. Ponen como ejemplo el caso de las enfermeras filipinas que emigraron a Estados Unidos a principios de este siglo. Al final, el número neto de enfermeras en el país aumentó significativamente, pese a la emigración. En segundo lugar, las redes profesionales que crean los emigrantes. Un ingeniero de un país pobre que trabaja en, pongamos, Silicon Valley, no solo gana un buen sueldo: también conoce tecnologías y métodos de trabajo. Los estudios demuestran que los emigrantes actúan como verdaderos puentes de conocimiento entre su país de origen y el de acogida. En tercer y último lugar, las remesas y las inversiones de retorno de los emigrados pueden tener efectos duraderos. Su conclusión es contundente: los países de renta baja son casi un 7% más ricos de lo que serían sin emigración cualificada.
El lector que ha llegado hasta aquí se estará preguntando, ¿Funciona esto en las comarcas y provincias de nuestra querida España vacía o vaciada? La respuesta que me atrevo a dar es: sí, pero con importantes matices. Las similitudes son evidentes. Como en el caso internacional, las comarcas periféricas tienen salarios más bajos que las grandes ciudades, los jóvenes necesitan formación para poder acceder a buenos empleos, y la emigración crea conexiones potencialmente valiosas. Un informático de Teruel trabajando en una empresa tecnológica de Barcelona sigue teniendo familia en el terruño, conoce las necesidades y oportunidades de su tierra, y eso bien podría facilitar que su empresa subcontrate servicios allí, o incluso montar algo propio si las condiciones fueran propicias.
Pero hay diferencias importantes, para bien y para mal. Por ejemplo, dentro de España no hay apenas barreras de idioma ni visados, lo que hace más fácil tanto volver, pero también eso puede acelerar el vaciamiento si no se hace nada. Por la misma regla de tres, la menor distancia permite mantener vínculos más intensos, pero también facilita una sangría continuada. Cuando se reclaman mejores comunicaciones hay que saber que todas las carreteras tienen dos sentidos. El principal problema es que las comarcas no controlan ni la fiscalidad ni la educación universitaria o las grandes infraestructuras, por lo que están a merced de lo que se decide…, ejem, en los lugares que absorben toda su savia de conocimiento. Pero esto no tiene por qué ser así: el maldito ‘brain drain’ solo es verdaderamente destructivo cuando el territorio se cruza de brazos. Para ilustrarlo, pensemos en dos comarcas con problemas parecidos de despoblación, la resignada R y la estratégica E.
La comarca R ve partir a sus jóvenes formados y no hace otra cosa que lamentarse y limitarse a poco más que organizar sus festejos sus modos de producción de siempre. No mantiene contacto sistemático con los que se fueron, no invierte en banda ancha porque "total, si no hay gente", no facilita La burocracia a los proyectos emprendedores, no crea espacios de trabajo compartido ni intenta atraer teletrabajadores. Para esta comarca, acaba siendo cierto que la emigración es una pérdida neta: la inversión pública en sus jóvenes se perderá como lágrimas en la lluvia.
Mientras tanto, la comarca E mantiene un censo actualizado de profesionales de su "diáspora” particular, organiza encuentros anuales para reconectarlos, invierte en fibra óptica de primera y crea espacios bien equipados de coworking. Además, crea una ventanilla con trámites ágiles y asesoramiento para emprendedores que quieran volver o para empresas que quieran instalarse, se especializa en algún sector donde el conocimiento especializado aporta valor facilitando que profesionales emigrados asesoren remotamente a jóvenes locales o a pequeñas empresas (cosa que muchos están deseando, aunque aquí hablo más desde la intuición que desde los datos). Esto no es un cuento de hadas: hay ejemplos reales en Italia, Irlanda o Portugal de territorios rurales que han revertido tendencias demográficas mediante estrategias de este tipo.
Durante muchos años, quizá demasiados, las políticas contra la despoblación se han centrado obsesivamente en "fijar población", como si los seres humanos fueran plantas que hay que enraizar sin necesidad de airear la tierra. La evidencia internacional muestra algo incómodo para esta forma de ver las cosas: el desarrollo económico no reduce la emigración, sino que la aumenta. Cuando la gente es muy pobre, por no poder no puede ni emigrar. A medida que mejoran las condiciones, paradójicamente, más gente se acaba marchando. La emigración solo empieza a frenarse cuando el territorio alcanza niveles de renta y oportunidad comparables a los destinos. Así que una comarca que empieza a modernizarse puede experimentar inicialmente más emigración, no menos. Y eso no es malo: puede significar que los jóvenes tienen más recursos y ambición, no que el territorio esté fracasando. El objetivo, por tanto, no puede ser evitar que la gente se marche sino asegurarse de que mantengan vínculos con el territorio después de que se han ido. Como hemos visto con las comarcas R y E, se trata de cambiar nostalgia paralizante por una gestión estratégica de la inevitable movilidad. En lugar de llorar por los que se van, se construye sobre lo que los que se fueron pueden aportar.
Resumiendo y poniéndolo en positivo: un territorio que gestiona estratégicamente la movilidad de su talento genera procesos de modernización, acceso a mercados y transferencia de conocimiento. Está claro que no todos volverán. Pero si las comarcas logran que una pequeña fracción de su talento emigrado mantenga vínculos productivos con el territorio, están generando desarrollo para el siglo XXI.
Referencia:
Clemens, M. A. (2025). From Root Causes to Shared Gains: Migration Policy for Low-Income Countries in a Labor-Scarce World. IZA Discussion Paper No. 18308.
Nota: Este artículo ha sido inspirado por la reciente iniciativa de juntar en un encuentro a todos los egresados del Instituto de Aínsa y de la Escuela Hogar de Boltaña. No ha sido posible, pero queda pendiente. Espero que finalmente pueda celebrarse en tiempo de mayencos.
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